viernes, 22 de abril de 2011

Viernes Santo


Por Nathan Stone sj


Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. Isaías 53:14


En este Viernes Santo, siento la necesidad de recordar a Héctor Marcial Garay Hermosilla, el Tito, nacido 1956 en Santiago de Chile, detenido y desaparecido el 8 de julio de 1974. Tenía 18 años cuando se lo llevaron desde la puerta del departamento de su madre. Ella fue testigo del suceso, y lo buscó hasta su muerte en agosto de 2006. Nunca supo su paradero.


Recordar al Tito en Viernes Santo no significa que era Jesús, ni santo, ni salvador de su pueblo, sino uno de miles que han perdido la vida injustamente acusados, torturados y ejecutados como parte de programas oficiales de gobiernos e instituciones en un mundo moderno que se cree democrático, respetuoso y libre. Es doloroso, pero imprescindible recordar.


Dios le dio una vida, y la dictadura del General Pinochet se la quitó. En esos años, era costumbre oír, en boca de los chilenos patriotas, no los pillaron rezando. No, en el caso del Tito, lo pillaron llegando a su casa desde la universidad donde era dirigente y militante. Se había ido para rendir una prueba de matemática. De alguna forma supo que agentes de la policía secreta iban en camino a su casa y volvió, porque estaba su madre sola en casa. Su padre estaba muerto, y el Tito era el hombrecito de la casa.


Lo llevaron, diciendo que era para hacerle algunas preguntas, nada más, y que lo soltarían en algunos días. No volvió. Su itinerario, según otros prisioneros sobrevivientes, incluyó la Villa Grimaldi y Cuatro Álamos; tortura, quebranto y un balazo final en una prisión en un lugar indeterminado en el sur. No se sabe más. Información oficial nunca hubo.


Lo que fue notablemente ausente en su proceso fue un juicio. No fue acusado, ni condenado ni sentenciado. Sencillamente, desapareció. En ese tiempo, la gente solía decir, por algo fue. La fantasía de un mundo justo es de las más difíciles de despejar.


Muchos chilenos sentían molestos por las incomodidades de la Unidad Popular, y alguien tenía que pagar. Tenía que correr la sangre de alguien, no importaba quien, para restablecer el orden. La justificación de la dictadura era que estos jóvenes tenían que morir para evitar el caos y el terrorismo. ¿Cómo eso? ¿Culpables, mediante decreto oficial, de abstracciones, blasfemias y fantasmas? Es quizás eso que me hace recordar al Tito en Viernes Santo.


Me duelen las injusticias que yo he vivido: acusaciones falsas, insinuaciones y descalificaciones. Que sea todo por el Reino de Dios. Pero ni se comparan con el enjuiciamiento injusto del Tito. No llevan relación alguna con la tortura y sumaria ejecución de los tres mil detenidos desaparecidos de Chile. Veinte mil en Argentina. Sin contar Brasil, Uruguay, Guatemala y El Salvador. Hay que sumar las víctimas del apartheid en Sudáfrica, los torturados de Abu Graib y Guantánamo, los exterminados en los campos de concentración hitlerianas, y cuántos más.


La paranoia del mundo moderno ha extendido la suspensión del proceso jurídico a muchos lugares y personas. Cada uno tenía rostro, nombre, familia, hermanos, amigos; angustias, alegrías y esperanzas. Trágicamente, los estados y sus instituciones se sienten justificados al así negar la vida a otros. Así tienen que hacerlo, según ellos, para definir su propia identidad.


Vemos las enormes injusticias de otros lugares y tiempos, diciendo que aquí y ahora, no es así. Pero es así. Seguimos gritando, aunque sea de lejos, aunque sea con nuestra complicidad pasiva, Crucifíquenlo, crucifíquenlo. Que el recuerdo del Tito nos salve de nosotros mismos.

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