lunes, 13 de diciembre de 2010

Comentario Tercer Domingo de Adviento por A. Sardiano SJ (Pastoral UCC)

En estos tiempos de cambios vertiginosos, de tensiones y conflictos permanentes y de todo tipo, y de confusión interior y desconcierto, es importante recordar que Jesús de Nazaret no es propiedad particular de las Iglesias ni de los cristianos. Es de todos, es patrimonio de la humanidad. A él pueden acercarse tanto quienes lo reconocen como Hijo de Dios, como también aquellos que aunque con total honestidad intelectual se consideran agnósticos o ateos, andan buscando un camino para superar la inhumanidad que todos llevamos dentro y poder vivir más digna y plenamente.

Hace ya muchos años, el conocido pensador Roger Garaudy, marxista convencido entonces, gritaba así a los cristianos: «Ustedes han recogido y conservado esta esperanza que es Jesucristo. Devuélvanla al mundo, porque ella nos pertenece a todos». Y casi por la misma época, el escritor francés Jean Onimus publicaba su apasionante y original libro sobre Jesús con el provocativo título de “El perturbador”. Dirigiéndose a Jesucristo, decía así en una de sus brillantes páginas: «¿Por qué vas a permanecer propiedad privada de los predicadores, de los doctores y de algunos eruditos, tú que has dicho cosas tan sencillas, palabras directas, palabras que permanecen para los hombres, palabras tan llenas de vida?». Y en otro libro suyo posterior, “Jesús en directo”, sumamente sugerente e igualmente apasionante, Onimus profundiza en esa idea cuando dice: «Devolver a Jesús su dimensión verdadera, la de un transformador de la vida, la de un acelerador de la evolución humana, dejando de lado la dimensión totalmente funcional y abstracta de redentor (el que rescata a los esclavos para liberarlos), no es un proyecto negativo, sino todo lo contrario: es reinsertar el Evangelio en la vida cotidiana y devolverle todo su peso ético.

Bloqueando la huída hacia arriba, en dirección a entidades y principios, se redescubre lo que tanto había impresionado a los primeros discípulos: un ser sobrehumano a fuerza de ser profundamente humano, humano hasta lo imposible». Por eso, es para alegrarse el hecho de saber que muchos hombres y mujeres, alejados de la práctica religiosa habitual, leen el Evangelio o algún libro sobre Jesús de Nazaret. Porque sin lugar a dudas, Jesús puede ser para muchos el mejor camino para encontrarse con ese misterio insondable que algunos llamamos Dios y que otros designan con mil nombres diferentes, pero que en definitiva y más allá de cómo se entienda, constituye un horizonte de esperanza y una invitación a una nueva manera de ser y de estar en el mundo basada en una convivencia respetuosa, pacífica, cordial y compasiva de los seres humanos entre sí y con la creación entera, que en definitiva tiene su fundamento en la conciencia de la unidad de la vida que nos religa a todos con todos y con todo.

Jesús no deja indiferente a nadie que se acerca a Él. Uno se encuentra, por fin, con alguien que vive en la verdad, alguien que sabe por qué hay que vivir y por qué merece la pena morir. Intuye que ese estilo de vivir tan «jesuano» es una manera acertada y lograda de enfrentarse a la vida y a la muerte.

Jesús sana. Su pasión por la vida pone al descubierto nuestra superficialidad, nuestros prejuicios y esquemas mentales anquilosados, y nuestros convencionalismos hipócritas. Su amor a los más débiles e indefensos desenmascara nuestros egoísmos, nuestra insensibilidad y nuestra falta de solidaridad. Su autenticidad pone al descubierto nuestros autoengaños y las trampas que nos tendemos a nosotros mismos para no hacernos cargo de nuestra responsabilidad a todo nivel pero especialmente en lo social. Pero, sobre todo, su fe incondicional en el ser humano nos invita a confiar en el proceso de la vida, por desesperada y desesperante que pueda ser una determinada situación.

Quienes hoy abandonan la Iglesia porque se encuentran incómodos dentro de ella, porque discrepan de las actuaciones o actitudes de algunos de sus miembros, o porque en conciencia no pueden aceptar ni estar de acuerdo con algunas de sus normativas o directrices concretas, o porque, sencillamente, la liturgia cristiana ha perdido para ellos todo interés vital, no deberían, por eso, abandonar automáticamente a Jesús. Cuando uno ha perdido otros puntos de referencia y siente que «algo» se está muriendo o apagando en su interior, puede ser decisivo no perder contacto con Jesús. De alguna manera y en algún sentido, justamente de eso nos habla el evangelio de hoy cuando el evangelista pone en boca de Jesús estas palabras: «¡Y dichoso aquel que no se sienta defraudado por mi!». Feliz de aquel y de aquella que, independientemente y más allá de sus creencias o convicciones religiosas, entiendan todo lo que Jesús de Nazaret puede significar en su vida…

Sugerido por Guillermo Baranda sj

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